Televerio va a cambiar tu vida

La historia de don Televerio y el Profesor es como una historia de amor. Se conocieron, se gustaron y el viejo lo dejó todo por él. Uno, un hombre de campo y que nunca había visto la televisión y, el otro, un Profesor con las ideas claras y con ganas de terminar su estudio sobre la televisión actual. Todo puede ocurrir en sus vidas y Televerio viene dispuesto a enfrentarse a todo...

lunes, 9 de abril de 2007

Capítulo 5. Don Televerio, Cambio radical y los cafés de más de 80 céntimos

"Perdone caballero, ¿le importaría que me sentase junto a usted? Es que llevo toda la mañana de acá para allá y necesito sentarme aunque sólo sea un ratito. Y ya ve usted cómo está la cafetería de llena, casi no cabe un alma y en esta mesa podríamos caber los dos perfectamente", dijo una mujer alta y rubia a don Televerio aquella lluviosa mañana de Semana Santa. "Como no señorita. No me perdonaría en la vida privarme de este honor de compartir mesa con una moza tan guapa como usted", respondió el anciano. Y es que Televerio había tenido una gran suerte aquel día. La tarde anterior había planeado disfrutar de aquellos días de descanso "televisivo" en los que no vería al profesor. Procesiones, largas tardes en el café de la esquina, alguna que otra escapadita al hogar del jubilado a jugar una partidita al dominó... en fin, todo aquello que un hombre de su edad podía permitirse. Sin embargo, el tiempo no le había acompañado y tuvo que contentarse con bajar a la cafetería del hotel a tomar un café caliente mientras hojeaba algunas revistas que había tomado prestadas del hall de su nueva casa. Así que cogió su boina y su bastón y se apresuró a coger un buen sitio en la cafetería. "Mierda, está completamente llena", masculló entre dientes el viejo. "Ya sabía yo que tenía que haberme levantado antes para sentarme junto a la ventana". Pero, ¿qué veían sus ojos? ¡Un sitio libre! Rápidamente se apresuró a correr hacía su tesoro y después de varios empujones y algunas disculpas consiguió hacerse con el ansiado asiento.

"Cualquier mañana fría y lluviosa puede convertirse en un día soleado y precioso con sólo tenerla a usted como compañera" le dijo don Televerio a su nueva acompañante. "Muchas gracias por el piropo. La verdad es que últimamente nadie me dice nada bonito a mí, siempre a las demás. Estoy un poco cansada ya de piropear y decir cosas como qué guapa estás o qué guapa has quedado", contestó ella. La verdad es que don Televerio no entendía porqué su nueva acompañante decía aquello, pero estaba tan inmerso en conocer a aquella señorita que no preguntó nada. "Oiga, esa revista que esta usted hojeando, ¿no serán las fotos robadas de
Elsa Pataky?" preguntó la rubia. Rápidamente don Televerio bajó la mirada al montón de publicaciones que había cogido de la recepción del hotel. Cuando lo hizo, no pensó que nadie se sentaría a su lado ni le preguntaría por ellas. Sí, era verdad. Había congido aquella revista porque salía una señorita estupenda en su portada muy ligerita de ropa. Como si fuera un quinceañero bobo, notó como se enrojecían sus mejillas. "¡No se avergüence caballero! No le diremos a nadie que estaba mirando las fotos en cueros de esa señorita. Sin embargo, si me permite mi opinión, hay muchas mujeres en el mundo que deberían ocupar esa portada antes que la Pataky. No es que me de envidia, porque ya puede usted comprobar que yo no soy tampoco un adefesio, pero me apostaría lo que quisiera a que esas tetas son operadas y que se ha hecho algo en la nariz. Y se lo digo yo que últimamente se mucho de cambios radicales", añadió.


¿
Cambio radical? ¿No era así como se llamaba el nuevo programa de Antena 3? Don Televerio miró nuevamente a su acompañante y se frotó los ojos como si acabara de ver un espejismo. Desde el principio, la cara de aquella mujer le había parecido familiar, pero pensó que se la habría cruzado en algún pasillo del hotel. "No Televerio, no. Una hembra como esa no se te habría escapado", masculló entre dientes. "¿Qué dice?", dijo la mujer. "Nada, cosas mías", dijo el viejo sonriendo nuevamente como un adolescente lleno de hormonas. "Discúlpeme, llevamos un buen rato charlando y todavía no me he presentado. Me llamo Televerio García, para servirle a usted y a Dios. Soy de un pueblecito de Galicia pero estoy pasando aquí una temporadita ayudando a un amigo con un proyecto", añadió el anciano ofreciéndole su mano e intentado hacerse el interesante. "Oh, perdone. Qué boba soy. Me llamo Teresa Viejo y soy presentadora de televisión. Quizá haya oído hablar de mí. Actualmente presento Cambio Radical, un programa en el que ayudamos a la gente a cambiar su imagen y a ser más feliz", dijo la mujer apresurándose a estrechar la mano de Televerio.

¿Qué había dicho? ¿Teresa Viejo? ¿Aquella rubia despampanante que estaba sentada a su lado era la moza que había visto en la televisión? Increíble. Cuando se lo contase al profesor no le creería. "Perdone por no haberla conocido, me acabo de levantar y todavía no he aterrizado en este mundo", se disculpó Televerio. "De haber sabido que era usted una estrella de la televisión le habría preguntado algo más". "No se disculpe, la verdad es que me apetecía tener una conversación con la gente de la calle y no ser reconocida. Aunque por otra parte he pensado: Teresita, tantos años en la tele para nada, ¡no te ha reconocido nadie! Pero bueno, yo me contento con presentar un buen programa, con éxito y
que no se parece en nada a esos nuevos realitys que hacen uso de los sentimientos para ganar audiencia. Porque otra cosa no, pero uso de la sensiblería en mi programa, nunca".

El viejo intentó reprimir una nueva sonrisa, pero no pudo. ¿Qué se creía la presentadora? Vale que no la había reconocido, que sólo había visto el programa un par de veces y que era un principiante en eso de la televisión, ¿pero decirle que no usaba la sensiblería en su programa? ¿Acaso no se acordaba de aquellos vídeos en los que una madre con cara de cansada, con una luz horrible que le acentuaba las arrugas y con los ojos vidriosos se despedía de sus hijos como si se marchase a la guerra? Perdona bonita, pero tú lo has elegido y te van a operar la nariz solamente. Tranquila. ¿Pero qué se había creído?

"Disculpe, tengo una pregunta para usted, señor camarero ¿cuánto cuestan los cafés que hemos tomado mi amigo y yo?", dijo Teresa. Don Televerio no se había percatado de que la presentadora había recogido ya sus cosas y que buscaba algo de calderilla en su monedero. "No hombre, tranquila. Pagaré yo los cafés", dijo el anciano. Encima de que me toma como un bobo no voy a ser también un mantenido, pensó. "No, me niego. Ha sido usted muy amable y me ha alagado con su compañía. Déjeme pagar a mi. Además, tengo prisa, me están esperando en la televisión. Así que como el camarero no me hace ni caso, si no le importa, le dejaré el dinero a usted y me marcharé rápidamente", se apresuró a decir la presentadora. "Bueno, no vamos a discutir. Ya le invitaré yo a usted la próxima vez. Ale, marche con Dios". Y antes de que el anciano terminase su frase, la rubia le plantó dos sonoros besos en las mejillas y le dejó unas cuantas monedas en la mano. Don Televerio se quedó atontado mirando como la presentadora se marchaba. "Esa sí que es una mujer, no como las de ahora", pensó en voz alta.

"Dos con cuarenta, abuelo", le dijo la camarera. El anciano cogió las monedas que Teresa le había dejado en la mano y las contó. Un euro con sesenta céntimos. Fue entonces cuando Televerio calculó: ¡
80 céntimos por cada café! Pobre, otra que se creyó las palabras de Zapatero el otro día...

lunes, 19 de marzo de 2007

Capítulo 4. Don Televerio y el misterio de la baja del loco


"Y qué dice usted ¿qué este hombre está loco?" me preguntó don Televerio una fría noche de marzo. "No, yo no he dicho eso. Le decía que este programa que estamos viendo se llama El loco de la colina", le contesté.

Y es que para nuestra cuarta sesión le propuse al anciano un programa que no estaba pasando por sus mejores momentos. La gran apuesta de Televisión española de esa temporada olía a cerrado por vacaciones y, la verdad, es que me temía que esas vacaciones iban a ser eternas. Hacía poco tiempo que el programa de Jesús Quintero había sido noticia por cancelar parte de la emisión de la entrevista a José María García por contener "insultos y descalificaciones". Al final, el intento fallido de censurar al periodista de la cadena pública se había convertido en lo más parecido a una estrategia de marketing barato (con una introducción a lo Guerra de las galaxias) al ser colgado la entrevista íntegramente en Youtube.
Ultimamente, a Quintero parecían crecerle todos los enanos de su circo. Tran abandonar Canal Sur y emigrar a la televisión estatal con su programa El loco de la colina, los datos de audiencia y el respaldo del público no habían sido los principales aliados del presentador andaluz. Como si de una antiguo programa del ya fallecido Lauren Postigo se tratase (hablamos del mítico Cantares) Jesús Quintero comenzaba su programa recitando versos imposibles (a la vez que incomprensibles en algunas ocasiones) para dar paso luego a sus estrellas entrevistadas. Dentro de este firmamento de astros, se encontraban personajes tan dispares como Ana Obregón o el Sub-comandante Marcos. Con este cartel de presentación, estaba claro que, o era el programa revelación de la temporada o se quedaba con las migajas de sus principales competidores. Y, desgraciadamente para Tve1, no fue lo primero.
Tras encadenar discretos datos de audiencia, la dirección del programa decidió apostar por entrevistas cargadas de polémica (todavía resonaban en mi memoria aquellas incomprensibles frases en inglés de la actriz, bióloga, presentadora, productora y guionista Ana Obregón, increpando a la mujercísima de David Beckham) y concluyó esta etapa con el intento de emisión de la entrevista al periodista José María García. Sin embargo, la cadena reculó horas antes de su emisión en antena debido a los improperios y acusaciones que, supuestamente, vertía el periodista sobre algunos personajes públicos de nuestro país. Sin embargo, Quintero no se mostró de acuerdo con la decisión de la cadena y así lo hizo saber en su mismo programa: "La dirección de Televisión española, responsable de lo que se emite, decidió no emitir la anunciada entrevista a José María García. La medida con la que no puedo estar de acuerdo, puesto que siempre he creido en la libertad de expresión, ha levantado una polvareda que intenta enturbiar mi trayectoría profesional", explicó el comunicador en antena. "No fui parte de la decisión. Fue una decisión unilateral de la dirección de TVE con la no estuve de acuerdo porque consideré desmedida". Estas declaraciones recogidas por las página web formulatv.com anunciaban la ruptura del profesional con la cadena.


Poco después de las palabras de Quintero, y el traslado de su programa a las noches de los miércoles, la productora del presentador andaluz hizo pública la baja médica de su estrella. Los motivos que llevaron al loco a la enfermedad todavía no están muy claros. Depresión, sofoco, cabreo por la decisión de TVE... todo lo imaginable debido al mutis por el foro del presentador.

Fue entonces cuando un ronquido cercano me despertó de mi viaje astral hasta el universo de Jesús Quintero. Don Televerio, vencido por el cansancio, había sucumbido a los poderes de la diosa del sueño y roncaba plácidamente en el sofá. ¿Qué mejor respuesta al fracaso del programa de TVE que los ronquidos del anciano? Por lo que veía, o la cadena daba un cambio radical a su programa o se comería los mocos en su vuelta tras la enfermedad del presentador.
Al ver a Televerio durmiendo, me acordé que tenía una mantita guardada en el armario para aquellas tardes en las que me quedaba en casa viendo Díselo a Jordi de Telecinco, un programa - siesta que ponía de fondo cuando estaba cansado la tarde de los domingos. Al tapar a mi amigo, ví como caía un recorte de periódico de su mano. Me agaché, lo miré y leí en voz alta un apunte a boli sobre una fotografía de la pasada manifestación del PP en Madrid: "Comprobado, no son 2.000.000 de manifestantes". No pude reprimir esbozar una sonrisa al ver cómo el anciano había dedicado gran parte de mi ausencia en este mundo recordando la historia del Loco de la colina a tachar a todas las personas que se veían en la panorámica de la manifestación que ofrecía aquel diario antiguo. "Duerma tranquilo don Televerio, algún día sabremos la verdad".
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miércoles, 14 de marzo de 2007

Capítulo 3. Don Televerio, el polígrafo, la manifestación y otras chicas del montón




"¿Qué le parece si hoy le pongo un vídeo y me dice qué le parece?", le comenté a Televerio en nuestro tercer encuentro. "Lo que usted quiera señor profesor", se apresuró a decirme el anciano. Antes de que se arrepintiese, me acerqué al vídeo e introduje la cinta que había preparado durante toda la semana. El título del vídeo era un tanto sugerente, Polígrafo, En Antena y A tu lado. Al ver la pegatina de la cinta me dí cuenta de que me había pasado horas enteras esperando, mando en mano, a que comenzara esa inquietante e interesante sección de investigación periodística. Se trataba del polígrafo, del detector, de la máquina de la verdad. Ese aparato que hace años introdujo en nuestras casas Julián Lago de la mano de Telecinco. Fue entonces cuando recordé con anhelo aquellas noches a la luz de mi televisor acompañado de mis padres escuchando "Lecquio es un metiroooso, un traidorrr". Se trataba por entonces de una joven e inexperta Antonnia Dell´Atte (ex modelo, ex mujer, ex musa de Armani y ex todo) que se presentaba a la opinión pública española para quedarse... "¿Piensa usted ponerme la cinta esa o qué? No es que tenga muchas cosas que hacer, pero le recuerdo que me estoy perdiendo Hormigas blancas y hoy hablan de Norma Duval, y ¡ya no quedan mujeres como esa en este país!", exclamó un cabreado don Televerio. La verdad es que no sabría decir cuánto tiempo estuve pensando en la aquella italiana rodeada de cables, pero rápidamente introduje la cinta y le di al play. No sabía cómo pero aquel anciano adicto a la televisión de calidad me estaba contagiando sus aficciones.

Cuando llevábamos más de una hora viendo aquella recopilación de los mejores momentos del polígrafo, miré a don Televerio. Ensimismado, alucinado, y con los ojos como platos mirando el televisor, el gallego asentía y negaba al mismo momento con su cabeza cada vez que se emitía un juicio sobre el protagonista del detector. "Esto es tan mentira como la muerte de la de Los Serrano o los 2.000.000 que fueron a la manifestación del PP del pasado sábado según la Comunidad de Madrid. Es intolerable que nos mientan de esa manera", dijo Televerio. Tengo que reconocer que me mostré muy sorprendido de que mi viejo amigo no solamente emitiese juicios sobre los programas de corazón o sobre las series de moda de la televisión. Estaba ante el inicio de una nueva faceta de Televerio. En poco tiempo, el anciano era capaz de opinar hasta de política. "¿Estuvo usted en la manifestación o la vió por la tele?, le pregunté. "¡Ay muchacho! Yo ya estoy mayor para darme esa caminata. La vi por la televisión, pero tengo que reconocer que tuve que bajar el sonido de la televisión para no escuchar tanta barbaridad junta. Si le soy sincero, no estoy del todo conforme con la decisión que ha tomado el Presidente y, por otra parte, nos ha costado mucho sufrimiento conseguir el derecho a manifestarnos. Sin embargo, me da mucha pena que se utilice así a la gente, que se les convoque simplemente para luego vomitar su discursito político", añadió don Televerio.

Fascinado por ese comentario, intenté hablar un poco más con él sobre el tema pero, antes de abrir la boca, me asaltó con una nueva pregunta. "¿Y ésto es lo que los niños ven por las tardes cuando llegan de la escuela?", dijo. "La verdad es que tienen otra opción, ver los dibujos de La 2, aunque tengo que decirle que, lamentablemente, es la única alternativa decente que tienen", añadí, "también hay concursos, corazón o programas de actualidad, aunque nada mejor para los niños". "¿Y qué hace el gobierno que no obliga a las cadenas a emitir algo para los chavales?", me preguntó. "Pues la verdad es que existe un horario infantil en el que las televisiones, a priori, no pueden emitir algunas cosas para no dañar ni perjudicar a los pequeños, pero parece que no tienen mucho peso esa ley, porque ya ve usted como hacen lo que quieren". Me hubiera encantado decirle a mi viejo amigo que las leyes en este país estaban para cumplirse y que el gobierno velaba por la consecución de éstas, pero lamentablemente, en este caso, no era así. "Telecinco ha decidido suprimir su polígrafo de su parrilla, pero sin embargo, en su lugar, sigue poniendo una programación no muy adecuada para los niños", le dije. "Esto debería cambiar, ¿dónde vamos a llegar?", me dijo el anciano.


Televerio y yo seguimos hablando un buen rato sobre el tema y llegamos a la conclusión de que poco podíamos hacer por cambiarlo. Fue entonces cuando el anciano, cansado de luchar por una batalla perdida se levanto y me dijo: "¿hasta cuando vamos a aguantar esta situación? Yo, por mi parte, no pienso volver a ver nunca más este tipo de programas. Se trata de nuestro futuro, de nuestros hijos y nietos. Deberíamos protegerles, ¿no cree?". Y qué razón tenía el anciano...

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Las píldoras televisivas de don Televerio

¿Qué hubiera sido de don Televerio si hubiese podido ver este tipo de anuncios en la Televisión? Seguro que se convertiría en un consumista más. Aprovehca la ocasión y echa un vistazo a la antigua publicidad española.

viernes, 9 de marzo de 2007

Capítulo 2. Cuando don Televerio conoció el mundo de Youtube

En nuestra segunda cita, el rostro de don Televerio era una mezcla de tristeza y decepción. Al ver su tez pálida me apresuré a cogerle el abrigo e invitarle a acomodarse en el sofá del despacho. "Esa joven no se merecía que le pasara eso", comentó entre dientes y con los ojos vidriosos, "estaba en la flor de la vida: con una gran familia, una nieta recién nacida, un marido para cuidarla... toda una señora vida". Perplejo, me acerqué a mi anciano compañero y seguí escuchándole. "Y para colmo ¡la cuelgan en el tubo ese!", añadió don Televerio.

Fue entonces cuando comprendí a lo que se refería. Aunque sólo llevaba una semana en la ciudad, don Televerio se había convertido en un fiel seguidor de todo aquello que la televisión podía ofrecerle. Sin ningún criterio, devoraba toda serie, reality o informativo que la caja tonta emitía. Con una capacidad sobrenatural para cambiar de canal cuando algo le aburría, Televerio había pasado gran parte de la semana viendo la televisión. Fue entonces cuando me di cuenta de que aquel anciano, que no había visto ese aparato nunca antes, empezaba a confundir la realidad con la ficción.

"Televerio", comencé "se está usted refiriendo a una señorita rubia llamada Lucía que murió el otro día a causa de un accidente de tráfico, ¿verdad?". Pronto vi como sus ojos complices buscaban a los míos. "Menos mal que la conoce", añadió el anciano. "Se lo comenté a mi señora esposa la otra tarde y me dijo que no sabía nada de la chiquilla. La pobre, ahora que su marido había conseguido tener trabajo en la taberna y sus hijos empezaban a estudiar... una lástima".

Sin que él se diera cuenta, sonreí. Mi querido amigo don Televerio se refería a uno de los personajes de la serie de televisión Los Serrano, de Telecinco. Lucía, interpretada por Belén Rueda, había fallecido el pasado capítulo a causa de un accidente de automóvil. Quise contarle a mi amigo que no se trataba de algo real, sino ficticio, que sólo había pasado en la serie. "Don Televerio, la mujer a la que se refiere es solamente un personaje de una serie de televisión, un tipo de novela de esas que usted y su señora escuchaban antes por la radio", le dije, "la actriz que interpretaba al personaje de Lucía decidió abandonar la serie porque estaba actuando además en el teatro y tenía pendiente una película que estrenar para el cine. Por eso, los encargados de la serie decidieron acabar de esta manera con su personaje". La cara del viejo pasó de la decepción a la indignación. "Entonces, ¿todo lo que yo he rezado por esos niños y por el marido calvo ha sido en vano? ¿Me está usted diciendo, señor profesor, que todo lo que dice la caja tonta esa es mentira?", me preguntó. "Yo no lo diría así, don Televerio, pero gran parte de lo que dicen por televisión no es del todo real, como es el caso de las series", le dije. Tengo que confesar que me mordí la lengua para no acabar mi frase diciendo que, aparte de las películas y la demás ficción, algunos informativos de algunas cadenas autonómicas también maquillaban de vez en cuando la realidad. "En este caso, como le digo, todo era parte de una trama de la serie", concluí.

Sin embargo, algo no me cuadraba. ¿A qué se refería el anciano con colgada en el tubo? Se lo pregunté para salir de dudas. "Mire, le explico. Antes de ver el capítulo ese que dice usted, bajé un momento a la panadería de la esquina del hotel donde me alojó para comprar una barrita de pan, que por cierto, nada tiene que ver con las hogazas que hacen las monjas de mi pueblo. Al pasar por uno de los bancos que están en la plaza donde le digo, vi a unos chiquillos con un aparato que llamaban portátil riéndose", me dijo el anciano. "Ya sabe usted que yo no soy de curiosear, que eso es de marujas, pero me picó un poco y me acerqué a ver que estaban haciendo y qué era lo que les hacía tanta gracia". "Mira tío, han colgao la muerte de Lucía de Los Serrano en Youtube antes de que Telecinco lo emita", comentó uno de los jóvenes. Fue entonces cuando mis ojos presenciaron la escena de esa señorita despidiéndose de su señor esposo, un calvo tontorrón que se mantuvo todo el tiempo parado viendo como se alejaba su mujer. Antes de que los chavales se percataran de mi presencia me fui a la panadería y cuando regresé a la habitación del hotel, corrí a encender la televisión. Toqueteé todos los botones del mando ese que usted dice y cuando encontré a la rubia que le digo, me quedé atónito mirando a la caja tonta", concluyó.

Increíble. Sin haberme dado ni cuenta, me encontraba ante todo un experto de la televisión y del mundo de la informática. El solito había descubierto la magia de Internet y la capacidad que le brindaba la red para colgar vídeos. "Pero como usted me ha dicho que sólo se trata de un teatro, pues entonces me veré obligado a volver a llamar a mi señora al pueblo y decirle que le quite las velitas que le mandé poner en la capilla del pueblo por la Lucía esa", dijo Televerio.



Ya se hacía tarde, así que acompañé a don Televerio a su hotel. De vuelta para casa me di cuenta del poder de los medios de comunicación, de la capacidad que tenían para hacernos creer una cosa o convencernos de que lo correcto es lo que ellos dicen. Fue entonces cuando pasé por delante de un escaparate lleno de televisores de plasma y me sorprendí a mi mismo mirando sin pestañear a las pantallas. "A la pregunta, ¿es cierto que mantuviste relaciones sexuales con el novio de la taquillera de la discoteca a la que iba el hijo de Andrés Pajares cuando tenía quince años?, nuestra invitada ha respondido que no. Y el polígrafo determina... ¡que miente!", dijo un fornido presentador de ojos azules. Fue entonces cuando tuve claro cuál sería el tema de mi siguiente sesión con don Televerio.

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lunes, 5 de marzo de 2007

Capítulo 1. Cómo conocí a Don Televerio


Don Televerio García era un hombre de provincias. Le conocí veraneando un año en una casa rural del norte de Galicia. Al verle me di cuenta rápidamente de que era el hombre perfecto para mi trabajo. Mantuve una conversación con él, le convencí y nos citamos para principios de septiembre. Los gastos del viaje correrían de mi cuenta, los conocimientos y la experiencia, de la suya. La primera vez que vino a Madrid desde su pequeño pueblo de la sierra de Galicia, rápidamente se mostró muy interesado por conocer y aprender nuestras costumbres. "¿Qué demonios hace esa caja tonta para dejaros tantas horas con la boca abierta y los ojos como platos mirándola fijamente?", me comentó un día. Pronto me di cuenta de que se refería al televisor que tenía presidiendo la sala donde nos encontrábamos. Casi por completo se me había olvidado que aquel hombre de pelo cano se había pasado toda su existencia sin haber visto un aparato como ese. El, hombre de campo y dedicado a sus vacas, nunca se había parado a pensar que más allá de aquellas montañas que veía desde la ventana de su chozo se encontraba un mundo lleno de personas que hablaban a través de un teléfono sin cables y que se podían pasar toda una tarde enfrente de una pantalla en la que sucedían miles de cosas. "Esta caja a la que usted llama tonta se llama televisor y emite diariamente programas como películas, informativos, series, etc. para que la gente esté informada y se entretenga en sus casas", respondí. Al ver el gesto que don Televerio me ofreció, me di cuenta de que qué mejor que encender el aparato para que pudiese comprobar con sus propios ojos a qué me refería. Me acerqué a él, le invité a acomodarse en el sofá del salón y apreté una tecla cualquiera del mando."Muy buenas tardes y bienvenidos a una nueva entrega del Diario de Patricia", dijo el aparato. La cara de don Televerio era un reflejo de su desconfianza y miedo hacia la pantalla y a aquella mujer que le saludaba desde ella. La verdad es que rápidamente quise cambiar de canal, puesto que me negaba a que su primer contacto con la televisión fuera a través de un programa de testimonios como era el caso. Quise agarrar con fuerza el mando y elegir otra opción más cercana a mi viejo amigo: un documental sobre el campo, una película de granjeros... pero todo intento por mi parte fue inútil. Don Televerio había sucumbido ya a los encantos de una pechugona rubia que bailaba arrítmicamente en el escenario del programa...